Románico en colores

 

 

 

Iglesia de “La Magdalena” (S.XII) en Zamora

Me gustan mucho los templos Románicos (que le vamos hacer, todo el mundo tiene sus rarezas). Creo que son hermosos por la humilde belleza que le confiere su pétrea sencillez. Me gustan por sus recias líneas y sus sólidas formas. Me gustan por sus macizos sillares que se apilan perfectamente escuadrados y alineados y me gusta el color de la piedra, teñida de mil tonos diferentes aplicados por los siglos de historia que contienen. Lo que ocurre es que cuando observamos estos templos, casi siempre olvidamos o ignoramos como eran en sus orígenes y como les gustaba verlos a la gente de aquella época, cuyos estereotipos de belleza difieren ligeramente de los nuestros.

 

En sus orígenes, en los templos románicos, no se podía ver un solo centímetro de piedra, es más, la visión de la piedra limpia era señal de dejadez o mal gusto. En el interior de las iglesias, todos los adornos, estructuras arquitectónicas(columnas, capiteles, vanos…) y la mayor superficie posible de los muros, se adornaban con pinturas al fresco y el resto se encalaba de inmaculado blanco. Si la parroquia disponía de buenas rentas y se lo podía permitir, todo el interior sería profusamente adornada de pinturas al fresco con motivos de santos, pasajes bíblicos o heroicidades del Rey de turno. Pero además, los colores de las pinturas no eran cálidos tonos pasteles que tanto nos gustan ahora, sino colores muy vivos, chillones y brillantes. Dando como resultado algo parecido a esto…

Tal vez un poco recargado ¿Verdad? De todos modos, aparte de los motivos puramente estéticos, tanta pintura tenía varias razones de ser. La forma de construir del románico, donde los gruesos muros son los que sustentan los arcos y las bóvedas, no deja posibilidad de muchos ventanales para que entre la luz, por lo que un modo de “iluminar” su interior era a base de colores brillantes que reflejaran la poca luz disponible. Otra razón era que en una época en que el analfabetismo del “pueblo llano” rozaba el 100%, estas pinturas donde se alababan las bondades divinas, papales o políticas eran el mejor medio que tenía iglesia y nobleza de hacer “publicidad”. (Salvando las distancias, estos frescos junto a las escenas labradas en capiteles, porticos, etc, eran el “Hola” de la época).

El exterior tampoco se libraba. Las paredes externas solamente se encalaban de blanco, pero columnas, fustes, ventanas, pórticos… se decoraban con luminosos colores. También las escenas o adornos que pudieran tener labradas estos elementos donde a cada cosa se le daba su color con gran detalle. El resultado final eran paredes blancas junto a ventanas, puertas y esquinas de colores brillantes. Sería algo así como una “caseta de feria”. Giantess Videos and comics

Fue una corriente de Neoclasicismo durante el siglo XIX donde, el románico en particular y el arte antiguo en general, se comenzó a ver en “blanco y negro” y se puso de “moda” la visión de la piedra. En muchas iglesias los frescos y encalados simplemente desaparecieron por el tiempo y el abandono pero en infinidad de lugares se acabó con toda la pintura a golpe de piqueta e incluso, antiguas “restauraciones” de estos monumentos se afanaron para que no quedara ni rastro de toda esta pintura.

Este modo de decorar no es exclusivo del románico. Griegos y romanos decoraban casas y templos de manera parecida. Como se puede ver en esta reproducción del “Partenón”

Aunque más chocante que el Partenón creo que es esta estatua de Cesar Augusto . Es una reconstrucción seria y concienzuda después de que científicos analizaran los restos microcópicos de pintura que quedaban en la estatua. Me callo los comentarios que se me ocurren.

Y es que pasado el tiempo nos hemos acostumbrado a contemplar la piedra desnuda y pienso, que volver a ver las iglesias tan pintadas como antes, nos chocaría bastante. Pero al menos creo que merece la pena que conozcamos como fue su verdadero pasado. Al fin y al cabo… “Para gustos están los colores”.

Nota: Se blanqueaba con “Cal apagada”(en la actualidad se sigue usando en ciertas zonas). Esta se conseguía dejando reposar la “cal viva” en balsas anchas y poco profundas. El periodo mínimo para poder ser usada era de seis meses. Cuantos más años pasaba en reposo, mejor comportamiento tendría. Los antíguos caleros decían que la cal ideal era la que llevaba al menos 30 años en reposo y la denominaban “chica” mientras que a la cal de entre 20 y 30 años la denominaban “chico”. Antiguamente, cuando se iba a contruir algún gran edificio, antes que los cimientos, lo primero que se empezaba a preparar eran las balsas para “apagar” o “pudrir” la cal y hasta hace relativamente poco tiempo, en zonas rurales, nada más nacer un niño el padre preparaba la balsa de cal para cuando tuviera edad de construirse su propia casa.

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Me gustan mucho los templos Románicos (que le vamos hacer, todo el mundo tiene sus rarezas). Creo que son hermosos por la humilde belleza que le confiere su p

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2024-06-14

 

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